Sabias que el primer politólogo en la Republica Argentina fue
Mariano Moreno (Buenos Aires, 23 de septiembre de 1778 - alta mar, 4 de marzo
de 1811)
Mi mundo y la Ciencia Politica
Un breve paseo a través de todo lo relacionado con la Ciencia Política.
miércoles, 15 de febrero de 2012
POLITÓLOGOS. POR GIANFRANCO PASQUINO
Hola a todos! En este oportunidad traje a mi blog un texto del
Prof. Gianfranco Pasquino sobre el rol del politólogo, es un texto que invita a la reflexión. (Al final la
bibliografía).
Espero que lo disfruten…
POLITÓLOGOS
POR GIANFRANCO PASQUINO
Si existe alguien
que debería tener el máximo cuidado al usar las «palabras de la política» es sin duda el politólogo. La claridad y la limpieza conceptual constituyen el primer
y más
importante principio de su deontología profesional. La manipulación de las palabras debe dejarse a los políticos, la
desmitificación a
los politólogos.
Entre unos y otros, empero, se contraponen los ambiciosos comentaristas de la
política,
periodistas de los más disparatados géneros, e inclusive agudos estudiosos de otras disciplinas que
poco o nada tienen que ver con la ciencia política y que
cotidianamente reciben la distinción de «politólogos» y no se preocupan de
desmentirlo. De hecho, debe decirse que se complacen con arrojo de ello. Si con
ésta
distribución
del apelativo «politólogo» el análisis de la política en Italia o en
el mundo hiciese apreciables avances, no existiría ninguna objeción.
Por
el contrario, los politólogos de los diarios y la radio, de fácil y pronta opinión, regularmente
provienen del trash y terminan en el chisme, despreciando o decretando el fin
de la privacidad e imaginando escenarios que con la política, con su estudio
y su comprensión,
poco a nada tienen que ver. En síntesis, usurpan el título de politólogo, pero nada tratan de aprender y nada tienen que enseñar.
Aquí no se trata ni de
defender la materia, la ciencia política, ni de preservar la pureza de una profesión que debería saber hacerlo por sí sola gracias a la
capacidad y prestigio de sus cultivadores. Es necesario por tanto, afirmar algunos
puntos en relación al análisis de la política con el objetivo de hacer un servicio útil a aquellos que
tienen un genuino interés en comprender un poco más. Es probable que un buen análisis de la política sirva también a un noble objetivo: difundir, acrecentar y fortificar el raro
y escaso sentido cívico de los italianos. Con éste objetivo parece oportuno empezar desde las ideas de dos de
los más
importantes politólogos italianos de la posguerra: Norberto Bobbio y Giovanni
Sartori.
No
propiamente «politólogo», e incluso para nada
deseoso de ser definido como tal, empero Bobbio decidió, y no por
casualidad, de escribir las voces Política yCiencia Política en el famoso Diccionario de Política. Su acercamiento
hacia la ciencia política fue ambivalente. Reconoció la importancia y la
relevancia así
como el envejecimiento del pensamiento político italiano, pero «sentía» que había algo, en particular en la ciencia política de los Estados
Unidos, hoy cuantitativamente dominante, que no lo convencía. Más preciso, Bobbio
considera que la ciencia política, que nace y prospera en los regímenes democráticos, no era la
adecuada para indicar las vías de la transformación y las soluciones a conseguir. Quizá, en extrema síntesis, la ciencia
política
existente permanecería confinada «en un contexto social e ideológico» en el cual prosperaría solo «una política no ideologizada». Dicho por un filósofo de la política, igualmente crítico de su disciplina, cuando los filósofos se aventuraban
a delinear el mejor de los mundos posibles, y de las ideologías, especialmente del
marxismo, su crítica parece un cumplido a la ciencia política. En los hechos,
Bobbio pone como tarea de la ciencia política «el de poner bajo análisis, y eventualmente poner en cuestión, la misma ideología de la política científica […] poniendo en relieve sus límites y las
condiciones de su actuar e indicando las eventuales líneas de su desarrollo». Como sea, aún cuando la ciencia
política
fuera interpretada de manera un tanto reductiva como la ciencia de y en (incluso
también de
las) democracias (y no necesariamente solo de éstas) pacíficas, se abría la cuestión del porqué los regímenes totalitarios y
autoritarios y, hoy, naturalmente, también los regímenes y movimientos fundamentalistas, no se limitan solo a obstaculizarla,
sino también
que traten de derrotarla.
El
fascismo tuvo una vida relativamente fácil al impedir el desarrollo de la investigación politológica italiana, que de
su parte, una vez completada la teoría de la clase política había dado ya señales de desaparición. Por el contrario, el nazismo tuvo que eliminar u obligar al
exilio a todos los politólogos existentes en la República de Weimar que, evidentemente y a su modo consideraba un
peligro consistente. Obviamente, el marxismo-leninismo, que no es una «ciencia de la política», ni mucho menos su
versión
momificada y oficializada que se practicaba en los regímenes comunistas de
Europa centro-oriental y en la Unión Soviética (y más allá como en China y Cuba) no es compatible con la ciencia política. Todos éstos son hostiles a
la ciencia política.
En un afortunado y breve ensayo, Bobbio se pregunta porqué el marxismo no
desarrolló una
teoría
del estado. Escapando de las vagas elaboraciones de los intelectuales
comunistas en ese entonces orgánicos a su partido, la respuesta es simple: porque ni siquiera
la más
amplia de las versiones del marxismo logra observar la ciencia de un fenómeno, en éste caso la política, que trata de destruir.
Cuando
a mitad de los años 50’s con la publicación de un libro fundamental,
Democracia y definiciones, Giovanni Sartori inicia su actividad como científico de la política, su respuesta
fue al corazón de
la manipulación
del lenguaje y de su uso político-ideológico.
Responsable
de la introducción del término «politólogo» con el objetivo de contraponerlo verticalmente al término de «sociólogo», Sartori trató de conseguir dos
objetivos. El primero, diferenciar clara y convincentemente la ciencia política de todas las
otras disciplinas que legítimamente se dedican con diversas maneras y métodos a analizar la
política:
la historia política, la filosofía política, la sociología política y el derecho, en manera particular, el derecho constitucional. El segundo
objetivo fue el de fundar y utilizar la ciencia política como un saber aplicable,
un conjunto de conocimientos y de cuasi-teorías que no permanecen estancadas y ajenas de la realidad, si no
que tratan de explicarla y, en la medida de lo posible y del deseo, a
cambiarla.
Naturalmente
cualquier comentario político puede ser plausible, empero, su validez se mide en su
capacidad, primero, de explicar los hechos, después, de prevenirlos, y
finalmente, sobre la posibilidad de sugerir posibles líneas de intervención operativa. Para
tener éxito,
Sartori sostiene que es indispensable recurrir al método comparado. Solo
quien conoce las reglas, los procedimientos, las instituciones de una
pluralidad de países, tiene la capacidad de entender las diferencias y
similitudes, de valorar las incidencias, de prever las consecuencias y
eventualmente proponer la imitación. Bajo determinadas condiciones, la ingeniería constitucional
comparada ofrece significativas oportunidades de conocimientos políticos aplicados.
Sartori mismo lo ha convincentemente practicado en su versión crítica de las propuestas
y las reformas, en particular, las electorales, que los aventurados hombres de
la política
italiana han desconsideradamente efectuado a partir de 1994.
La
ciencia política
aplicada funciona en base a una simple proposición que delinea la
formulación de
teorías
probabilísticas.
Disponemos de una teoría probabilística cuando tenemos la posibilidad de sostener que «cada vez que
existen/aparecen las condiciones a, b, y c, es probable que se presenten los
fenómenos
x, y o z».
Las teorías
probabilísticas,
que son estructuradas como previsiones, pueden ser fácilmente sometidas a
verificación y
eventualmente reformuladas.
Aquí es necesario
subrayar que los comentaristas y los periodistas llamados «politólogos» no recurren nunca,
ni siquiera implícitamente, a explicaciones/previsiones formuladas como
relaciones entre condiciones y efectos. Regularmente, además, definen su objeto
de manera imprecisa y desarrollan sus consideraciones teniendo como único referente el
caso italiano (o en otras latitudes, sólo la realidad de su propio país) por ejemplo,
descubriendo en un modo extraño e inexistente un «premier» que se basa en la elección directa del primer ministro. Estos «politólogos» permanecen siempre
en el recinto doméstico de los casos y fenómenos aparentemente excepcionales que, sin embargo son «provincianos», que en éste ejemplo, es cuanto ha sucedido en la mayor
parte del análisis
de la transición de
la primera fase de la República a la fase actual iniciada en 1994, obviamente sin ninguna
construcción teórica.
Responsables
del deprimente resultado, no fueron los modelos y tecnicismos de los politólogos profesionistas,
comenzando por Giovanni Sartori, regularmente acusados de haber excedido las críticas pero nunca
haber puesto a prueba las propuestas. Fue memorable la primavera de 1998 cuando
D’Alema, presidente de las Cámaras, invitó a «politólogos» con el objetivo que
hicieran sus enmiendas al texto de reforma electoral aprobado por la comisión. Los politólogos escribieron y
sometieron. Pero D’Alema no les tuvo después en cuenta, y los
trabajos de la comisión fracasaron miserablemente. Son los políticos, por el
contrario, los responsables, de la mixtura de particularidades e ignorancia
politológica,
de las dos leyes electorales, mattarellum (v.) yporcellum (v.) que han signado
la hasta ahora incompleta transición institucional. Cuando la mayoría de los politólogos italianos que
se dedican al estudio de los sistemas electorales sugerían fuertemente la
adopción de
la segunda vuelta electoral tipo francés, los políticos eligieron, primero, un sistema mixto en el que prevalece
el plurality, con una bizarra cláusula para la obtención (ricupero) de escaños proporcionales, además de una inédita representación proporcional por listas regionales cerradas con un premio de
mayoría y
cláusula
de acceso al parlamento. La consecuencia ha sido hasta ahora una tremenda
desilusión y
negatividad prevista por los politólogos profesionales.
Casi
por todas partes los científicos de la política, europeos y occidentales, no solo politólogos, analizan y
critican el funcionamiento de sus instituciones y de sus partidos. Desde hace
tiempo, y no debiera sorprender, analizan y critican la Unión Europea, sugiriendo
nuevas formas de operación. Sin embargo, desde hace poco por todas partes se manifiesta
una línea
divisoria dentro de la ciencia política.
De
un lado están
aquellos que consideran no solo muy difícil, sino incluso peligroso para la ciencia política, tratar de buscar que sus conocimientos sean aplicables.
Hay que controlar muchas variables y, en definitiva, se considera que la
intervención operativa corresponda sólo a
los políticos que manipulan y se equivocan, o que simplemente deben
oponerse. En una forma más precisa, si los
científicos políticos tienen el
saber, es decir, el conocimiento abundante, confiable y verificable, los
hombres de la política tienen el poder.
Son ellos quienes deciden que cosas, cómo y
cuando aplicar el saber politológico.
Por
otro lado se ubican los científicos políticos que consideran que su trabajo sería trunco si no logra inmiscuirse en al menos sugerir formas de
operación política, presentándolas y ofreciéndolas en forma
transparente no sólo a los hombres de
la política, sino también a la opinión pública y a todos
aquellos, dirigentes de partido y a los líderes
de las asociaciones y movimientos que quieran aprovecharlas. Si no funcionara
la ciencia política de ésta forma sería una disciplina que vendría a
menos en su objetivo, que desde Aristóteles
a Maquiavelo, y de Tocqueville a nuestros días,
de mejorar la política y la calidad de
los sistemas políticos en la medida de
la credibilidad de sus análisis comparados y
sobre la aplicabilidad de sus propuestas.
Gianfranco
Pasquino. 2010. voz “Politologi“, en Le parole della politica, Bologna, Il Mulino. pp.
132-137. Trad. Fernando Barrientos en[ http://criticacida.wordpress.com/]
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